Friday, April 13, 2012

un milagro en la sierra


atardecer en Santa Inés, Querétaro
(un agradecimiento especial a la fotógrafa que capturó esta belleza de imagen.... gracias Mayra)
este texto es para don gregorio y su hija... Oli.

Sucedió a finales del 2008, en un poblado enclavado en la Sierra Gorda Queretana llamado Santa Inés, en el último tramo antes de llegar, que consiste en una carretera de terracería.
Yo me encontraba haciendo mi servicio social de Medicina. Era Sábado.
De camino a Santa Inés, a bordo de una camioneta Pick Up, el padre de mi enfermera y un familiar venían llegando de regreso desde San Antonio, Texas.

Para llegar a Santa Inés desde la ciudad de México es preciso recorrer casi 400 kilómetros y transitar por el semidesierto queretano y un largo ascenso por la Sierra que finalmente conduce a Jalpan de Serra, el último poblado con más de 5 mil habitantes antes de proseguir el trayecto hasta Santa Inés.
Tilaco es el nombre del último poblado antes de que comience la terracería, que consiste en un largo ascenso por la sierra. En su punto más peligroso, la carretera llega a ser tan angosta que aquel que sube, tiene que orillarse precisamente a los pies de un desfiladero de unos 200 metros en cuyo fondo corre el Rio Moctezuma. Este punto es particularmente peligroso en época de lluvias, cuando el terreno puede ceder ante el peso de un vehículo o en Invierno, cuando la niebla llega a ser tan espesa como para impedir la visibilidad a tres metros.
Aquel día había llovido. Después de recorrer más de mil kilómetros, desde los Estados Unidos, Don Gregorio y su acompañante se toparon con una camioneta, exactamente en ese punto. Se orillaron para darle paso, el terreno cedió y la camioneta cayó por un desfiladero de unos 150 metros.
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Era Sábado por la tarde, por lo cual me encontraba de descanso. Pero en dos semanas de estancia en Santa Inés supe que como único médico rural en una población de dificil acceso, nunca estás realmente de descanso.
Tocaron a la puerta de mi clínica -que al mismo tiempo era mi casa- con esa fuerza con la que ya podía predecir que se trataba de una urgencia. Abrí y una persona me dijo que había habido un accidente y que una camioneta se había ido por el barranco.
Tras más de medio año en Santa Inés ya era médico. Creo que el momento en el cual pasas de ser un estudiante de medicina o un médico de pregrado, a ser un médico, es aquel momento en el cual te encuentras solo, tienes una vida humana en tus manos y realizas la intervención o el procedimiento que debes de hacer sin dudar de lo que estás haciendo y sin miedo. Eso lo viví por primera vez en Santa Inés y es por esa razón que fue ahí donde me convertí en médico.
Una camioneta me esperaba afuera. En 5 minutos, en una mochila que tenía para ese fin guardé mi estetoscopio, soluciones, cateteres, jeringas y todos los posibles medicamentos que tenía y que sabía podrían serme de utilidad.
Subí a la camioneta, que recorrió en 8 minutos un tramo de terracería que normalmente se recorre en 45.
Cuando llegamos, ya estaban estacionadas al borde del camino unas veinte camionetas.
En Santa Inés vi cosas que solo he visto en la gente del campo. Cuando ocurría un accidente en la carretera, TODOS los hombres subían a bordo de todas las camionetas posibles para ir a ayudar, independientemente de quien fuera la persona que se hubiera accidentado.
Cuando llegué, la gente del pueblo intentaba vislumbrar la camioneta.
La caída fue de unos 150 metros. Para cuando llegué, los policías de Tilaco, el pueblo vecino, ya habían entrado bordeando el río moctezuma hasta el lugar en donde cayó. Nunca ví el vehúculo. Solo se que la camioneta quedó partida en tres, que cada segmento estaba separado por más de 6 metros y que el motor salió proyectado fuera y se encontraba también a varios metros.
Ignoro si alguien les agradeció, pero no tengo idea de como aquellos policías de Tilaco, a bordo de un vehículo que no esta diseñado para transitar por ese terreno, llegaron en menos de 10 minutos al fondo del acantilado, al lugar donde aterrizó la camioneta. De no ser por ellos, y de no haber llegado en esos 10 minutos, el llegar bajando por el acantilado, y el sacar a Don Gregorio por la misma ruta hubiera llevado más de dos horas. Probablemente Don Gregorio hubiera perdido demasiada sangre en ese lapso. Aquellos policías, quienes también lo llevaron a Jalpan en minutos, le salvaron la vida. Nunca supe quienes fueron. Si por algún motivo leen estas líneas, ojalá sepan que ese día salvaron una vida.
Ojala sus hijos sepan que sus padres hicieron algo increible ese día, y que esa tarde le salvaron la vida a una persona que es querida y respetada como pocas en su comunidad.
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Cuando llegué y hable con una de las personas de Santa Inés fue que supe que la persona que iba en la camioneta era Don Gregorio, el papá de Oli, mi enfermera. La persona que iba manejando salió por su propio pie, sin un rasguño. La explicación de esto es algo que ni yo ni ninguna otra persona debe ser capaz de dar.
Oli acababa de irse con la patrulla, hacia el hospital de Jalpán.
Don Venicio me preguntó si quería acompañarlos. Estrictamente hablando ya no era mi obligación. Sin embargo subí y me fuí con ellos. Llegamos a Jalpán en media hora, un trayecto que normalmente se lleva una hora y media.
Bajé de la camioneta y fui a la sala de urgencias. Había salido tan rápidamente que ni siquiera llevaba bata.
Don Gregorio se encontraba en una camilla, en el pasillo. Oli estaba a su lado y me abrazó al llegar. Me dijo que ya se había ido el médico de la tarde y que el de la noche aún no llegaba. En pocas palabras no había médicos y aún no se le habían tomado ni signos vitales.
Le dije a una enfermera que le tomara signos vitales a Don Gregorio y que lo pasara a la sala. Me miró de arriba a abajo hasta que le dije que era el médico de Santa Inés y que la señorita a mi derecha era mi enfermera y era la hija del señor.
La enfermera se puso pálida e inmediatamente cambió de actitud.
-Si Doctor.
Le pedí que le tomara un electrocardiograma. Guardo silencio un momento. Tras entender le pregunté si sabía tomarlo. Me dijo que no. Fue entonces que caí en la cuenta de que había un joven con bata en una esquina, sentado jugando con su celular. Le pregunte a la enfermera quien era y me dijo que era el interno de turno.
Si hay algo que me saca de quicio son aquellos médicos o enfermeras que con el paso de los años olvidan que su trabajo consiste en lidiar con vidas humanas. Pero ver eso en un interno es algo que puede provocarme ideación homicida.
Me presente con el interno y le dije que le tomara un EKG. Me dijo que no estaba el médico adscrito. En ese punto me sacó de quicio.
-Tienes a un paciente politraumatizado de 86 años en el pasillo, estas jugando con tu pinche celular ¿Y no se te ha ocurrido tomarle signos y un electrocardiograma? Es el papá de mi enfermera, no me importa si no esta tu adscrito, ve y tomale un electrocardiograma. Ya.
Todavía de mala gana se levantó y fue por el electro. Comenzó a poner los electrodos. Mal. Para ese entonces, aun no lllegaba un médico y ya estaba francamente de malas como para explicarle como colocarlos. Le dije que yo lo tomaba. Que le tomara la presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria.
Apenás terminamos de tomar el EKG, Don Gregorio comenzó con una hematemesis abundante. Con ayuda de Oli, lo movilizamos en bloque esperando que no broncoaspirara. El interno había desaparecido. En aquel momento pensé en buscarlo antes de irme, pero a fin de cuentas lo olvide. Y no hubiera sido una buena idea. De haberlo buscado hubiera podido encargarme de que el adscrito le regañara. Otra opción era estrangularlo. Al final, solo espero en verdad que no haya aprobado su examen profesional y que no tenga una cédula. Es triste ver como ciertos médicos adscritos se van insensibilizando con el paso de los años y olvidan que es la medicina. Pero un estudiante, interno o pasante que desde antes de terminar la carrera da muestras de eso no merece portar una bata blanca ni tener una cédula.
Aún después de la cantidad de sangre perdida, todo el marco cólico tenía un sonido mate a la percusión. No pude escuchar el menor rastro de movimientos peristálticos con el estetoscopio.
En cualquier momento volvería a presentar otro episodio de hematemesis. Su estado de consciencia fluctuaba constantemente. No podíamos movilizarlo. Había que ponerle una sonda nasogástrica o con una altisima probabilidad iba a broncoaspirar en cualquier minuto.
Cuando vi la cantidad de sangre, no se lo dije a Oli, pero la realidad es que pensé que que Don Gregorio no iba a sobrevivir. Ignoro si Oli lo pensó. Nunca se lo pregunté.
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Había pasado media hora y aún no llegaba el adscrito. Le pedí a la enfermera que le colocará una sonda nasogástrica. Asumiendo que sabía hacerlo.
Al primer intento contaminó todo. Le dije que volviera a enguantarse. A la hora de acercarse, le dijo a Don Gregorio -quien estaba consciente- que inclinara el cuello. No terminó de decirlo cuando le dije que por ningún motivo podía movilizar el cuello y que tendría que hacerlo en la posición en la que estaba.
La enfermera para ese punto se notaba aterrada.
Introdujo la sonda 3 veces. Oli y yo vimos como Don Gregorio se arqueó de dolor. En el momento en el que iba a intentarlo por cuarta vez le dije:
-¿Quiere que yo lo haga?
Inmediatamente volteo hacia mi.
-Si Doctor. Por favor.
-No hay problema, traigame por favor otra sonda y guantes.
Tras traerlos en 30 segundos, le pedí a Oli que me ayudara con la técnica aséptica.
Oli es una de las mujeres más valientes que he conocido en mi vida. Pero cuando voltee a verla fue que caí en la cuenta en algo en lo que debí haber reparado desde el principio. Era su papá el que estaba en la cama. Por primera y única vez la vi bloqueada.
No le dije nada. Solo le pedí que le repitiera mis palabras a su papá en el oído. Me puse los guantes y preparé todo de la forma más aséptica que me fue posible, llené la punta con vaselina, le pedí a Oli que cargara 0.5 ml de agua inyectable en una jeringa y en la posición contraria a la adecuada para la inserción de la sonda, comenzaron las instrucciones de rigor.
-Don Gregorio, cuando yo le diga necesito que pase saliva. Necesito introducirle una sonda por la nariz. Va a a ser molesto pero rápido. Aqui esta su hija.
Oli le dijo:
-Papá, aqui estoy, ¿Me escuchas? ¿Escuchaste al Doctor?
Don Gregorio asintió.
Voltee a ver a Oli. Me miró de una forma rara.
-Oli, cuando pase el agua, dile a tu papá que pase saliva.
Oli se acercó a su papá.
Introducí la sonda ráídamente, sentí el choque de la nasofaringe e hice el movimiento hacia arriba y adelante. Vacie el medio militro de la jeringa en su boca.
-Don Gregorio, pase saliva...
-Papá, pasa saliva, pasa saliva....
Introduje la sonda la cual se deslizó. Durante los primeros tres segundos tuve la duda de si estaba en la boca o en pulmones. Al cuarto segundo se depejó la duda cuando por la sonda comenzó a drenar sangre a litros. Era como si hubieran abierto un grifo.
Sabía que estaba en estómago, pero nuevamente sabía lo que implicaba la cantidad de sangre que comenzó a drenar.
-Ya Oli. Ya esta en estómago.
-Ya fue todo papá. ¿Me escuchas?
Don Gregorio asintió por última vez.
**
En ese punto Don Gregorio dejó de asentir o dar signo alguno de estar consciente.
Para cuando la sonda dejó de drenar, la bolsa había colectado un litro y medio de sangre.
En ese momento llegó el adscrito, quien me vio aun con guantes con una mirada furiosa. Se dirigió a una enfermera y se acercó a mí.
Cuando llegó me presenté y comencé a presentarle al paciente.
-Gracias Doctor, yo me hago cargo...
Haciendo acopio de paciencia con el fin de no hacer un comentario que invocara a su señora madre, finalmente le dije:
-Si Doctor, ¿Ve a esa señora en el pasillo? Es mi enfermera. Y es la hija del paciente. ¿Le terminó de presentárselo?
El médico palideció, cambio inmediatamentede actitud y llamo a Oli.
-Buenas noches señora, soy el Dr. (...) El Doctor ya me comentó lo que pasó. Si gusta puede permanecer aqui. Le van a traer un silla.
Se dirigió a la enfermera, le pidió la silla y se despidió de mí.
No deja de ser triste que haya sido el Sindicato de Enfermeras lo que hizo que todo se agilizara.
Tras hablar con Oli unos minutos más me dio las gracias. Y me dijo que me fuera a descansar. Me preguntó si tenía como regresar. Tras decirle que afuera estaban como 30 personas de Santa Inés salimos y todos se nos fueron encima.
Unos con Oli, otros conmigo, les dijimos como estaba don Gregorio.
Me despedí de Oli, quien aquella noche se fue en ambulancia hasta Cadereyta -que está a unos 200 kilómetros- porque no había cirujano en el hospital.
El cirujano de Cadereyta lo valoró y lo mandó de regreso.
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Don Gregorio estuvo en el Hospital de Jalpan por tres semanas. No se le hizo ni una laparatomia exploratoria. Aún asi, a tres semanasde estancia, con varios kilos menos y muy debil, se le dio de alta.
Al final, fueron los médicos y las enfermeras las que cuidaron de don gregorio esas tres semanas. Además de su fortaleza, fue por los cuidados y la atención del personal del hospital de jalpan que pudo recuperarse tan rápido.
Regresó a Santa Inés. Comenzó a comer más. A recuperarse.
En menos de 3 meses de que ocurriera el accidente, volvió a tomar sus herramientas por la mañana para ir a alimentar a sus animales y trabajar en su finca.
Ignoro las razones por las cuales, a su edad, y en el estado en que lo vi, no solo sobrevivió, sino se recuperó en 3 meses sin siquiera habersele hecho una cirugía.
Es uno de los milagros más increíbles que me ha tocado ver como médico.
Aquel año en Santa Inés viví y conocí cosas que se que muy probablemente nunca volveré a experimentar y que no hubiera vivido de otra forma.
No solo presencie ese milagro. Quizá ese fue uno de los más increíbles. Pero no fue el único.
Aquel año supe que la medicina era mi vida. La medicina general. Y que la especialidad sería un paso más, pero que la esencia de la medicina radicaba en todo lo que experimenté y viví ese año.
Ese año supe que todo lo que implica terminar una carrera como la de medicina te da automáticamente y por el resto de la vida el respeto de los demás. Pero que existía otra clase de respeto que se gana con la forma en que trabajas, que es aún más dificil de conseguir y sobre todo preservar, y que toda la carrera de medicina es solo el preámbulo para llegar a tener una cédula, un consultorio, y comenzar a ganarte ese respeto, que es el más importante de todos. Creo que ese respeto consiste en que un paciente le de a un médico lo más preciado que éste puede esperar de el: su confianza. Eso es todo.
Conocí esas virtudes y esa fortaleza que solo tiene la gente del campo. Y tuve el honor de atender en mis 3 comunidades, a muchas de las personas más generosas que he conocido en mi vida.
**
Recuerdo como si fuera ayer la mañana en la cual me fuí de Santa Inés.
Ya era el primer día de Marzo. Aún no llegaba el nuevo Doctor. A partir de ese día ya no era el médico de la clínica. La gente lo sabía. Yo me encontraba empacando mis últimas cosas. Llegó una señora con una niña. Me saludó timidamente a lo lejos. Se acercó y habló con Oli. Aquella fue la última consulta que dí en Santa Inés.
Subí al coche y miré la clínica por última vez. Finalmente comencé a avanzar y me despedí de Oli y de mi vecina Doña Victoria con un ademán.
Para salir de Santa Inés es preciso recorrer la calle principal hasta la salida del pueblo.
Recuerdo a todas las personas que se fueron despidiendo de mí al pasar. El maestro desde dentro del salón de la primaria. Don Aristeo estaba afuera de su tienda, y Don Venicio y Mayra fuera de la suya. Al transitar por esa cale me fui despidiendo desde el coche de Doña Bertha, de Doña Consuelo, de Elvia y su familia. Jackie iba de camino a la secundaria. Pasé por la casa en donde no hacía mucho tiempo, había muerto Don Pompeyo, por la casa de Oli, de donde iba saliendo Doña jose, su madre. La última persona de Santa inés que vi fue a Don Nemesio quien caminaba ya a las afueras.
Cuando llegué al lugar del accidente -el lugar exacto donde ocurrió- me detuve y apagué el coche.
Me acerqué al borde del acantilado lo más que pude-considerando que no soporto las alturas.
Pensé en todas las cosas que había vivido en solo un año. Pensé también que aquella podría ser la última vez que contemplara esas montañas y Santa Inés, que en ese punto aún se vislumbraba a lo lejos. Pasando esa curva, Santa Inés deja de ser visible.
Al día siguiente debía presentarme en el Instituto Nacional de Psiquiatría. Aquel día de Marzo, de hecho, había ya comenzado el propedéutico.
Permanecí ahí unos diez minutos, simplemente contemplando la sierra.
Volteé la vista a Santa Inés por última vez. Por alguna razón, el pensamiento que me vino a la mente al ver Santa Inés a lo lejos es lo fragil que son nuestras vidas y en lo rápido que pasa el tiempo.
Subí de nuevo al coche, arranqué y recorrí por última vez aquella carretera que en el transcurso de un año transité tantas veces como para conocer cada una de sus curvas y tramos de memoria.
Al salir de la sierra bajé la velocidad en aquel tramo en el cual, dos meses antes, regresando a Santa Inés, había tenido un accidente automovilístico en el cual pude morir. Aún estaban marcadas en el piso las líneas negras que mis llantas dejaron al sortear el camión de volteo sin luces que esquivé aquella noche. La noche más fría de mi vida.
Los dos últimos días que estuve en Santa Inés, me despedí de todos.
Escuché ua y otra vez una frase:
"No se olvide de nosotros".
Cuando termina nuestro año en Santa Inés cada uno de nosotros toma diferentes caminos.
Para mí como para muchos fue iniciar la residencia. Otros se toman ese año para trabajar. y presentar el examen nacional de residencias médicas. Algunos se quedan a trabajar en la jurisdicción.
Es cierto. A veces no volvemos a Santa inés. Pero todas las experiencias y todas las personas que conocimos ese año no solo no pasan al olvido. Marcan para siempre cada paso del resto de nuestra vida.

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