Thursday, July 31, 2014

apuntes desde la cloaca (brevísima recopilación de la historia política reciente de México)




Nací en la Ciudad de México a fines de 1983. Y al igual que la gran mayoría de la gente de mi país, en el momento en el que escribo estas líneas mi actitud hacia la vida política mexicana navega entre el hartazgo, la apatía, la repugnancia y la absoluta decepción y  falta de credibilidad que siento hacia todos los miembros que pertenecen a la clase política de México, sin hacer grandes distinciones en su filiación partidaria.
No es mi intención defender la apatía política que me caracteriza en estos momentos – y que creo que es la actitud predominante que actualmente prevalece en mi país. Por el contrario. Estoy plenamente consciente de que caer en la apatía política es algo profundamente peligroso para cualquier sociedad. Estoy plenamente consciente de mi error. Creo que el desinterés por lo que acontece en el panorama político de un país es el caldo de cultivo necesario para que aparezcan todo tipo de gobiernos corruptos e ineficientes – en el mejor de los casos – así como verdaderos regímenes despóticos que coloquen en el poder a toda clase de personajes siniestros y peligrosos.
Sin embargo, a modo de explicación –no de justificación- de esta actitud apática y este hartazgo que me inunda cada vez que alguien menciona lo que ocurre en la política interna y externa de mi país, me remitiré únicamente a las pruebas mas recientes de la historia política de este pobre país que es México.
Lo haré de la forma más rápida que me sea posible.
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Antes de comenzar a hablar del presidente en turno al momento en el que yo nací, creo necesario remontarme por lo menos a una breve narración de los tres sexenios que precedieron a 1983.
En 1982, un año antes de que naciera, salía del poder el presidente en turno de la “dictadura perfecta” que ha regido de  forma apenas pausada  los últimos 80 años de la historia de mi país: el Partido Revolucionario Institucional.
El PRI es efectivamente esa dictadura perfecta, que Mario Vargas Llosa describió hace ya varios años, y que le valió su destierro de este país por décadas:

"México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México"

El hombre que dejaba la silla presidencial en 1982 era José López Portillo, mejor conocido como “el perro, gracias a un discurso muy poco afortunado referente a la crisis económica del momento.
Se le recuerda como un presidente caracterizado por un sexenio marcado por la corrupción y el nepotismo en el cual todos los miembros de su gabinete, pero muy en particular, su entonces procurador de justicia (el negro Durazo) amasaron fortunas de proporciones obscenas, cortesía como siempre del bolsillo de los contribuyentes mexicanos.
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De 1970 a 1976, el rey príista en turno fue Luis Echeverría, el exsecretario de gobernación del presidente del sexenio anterior. Su plataforma política es recordada principalmente por su demagogia y sus promesas de crecimiento insulsas e incumplidas (“Arriba y adelante”) Y podría ser otro de tantos expresidentes mexicanos recordados meramente por su estulticia inofensiva y, por supuesto, su tendencia a la corrupción.
Sin embargo, Echeverría no fue un oportunista inofensivo sino una de las figuras más siniestras que se recuerden en la historia reciente de México.
Ya como secretario de gobernación en el sexenio anterior, un inmenso caudal de pruebas incriminatorias lo señalan como uno de los posibles orquestadores más importantes de la masacre de la Plaza de las tres Culturas en Tlatelolco, que tuvo lugar el 2 de Octubre de 1968.
Pero durante su sexenio fue el principal orquestador de la “guerra sucia” de los años setenta, que cobró la vida un número que jamás ha sido –ni será- oficialmente determinado de hombres y mujeres mexicanos.
El 10 de Junio de 1971, en el transcurso de su segundo año en la presidencia, un grupo paramilitar conocido como “los halcones” que respondía de forma secreta a sus ordenes perpetró la “masacre de Corpus Christi” (También recordado únicamente como el “Halconazo”)
Aquel día, los asesinos a las órdenes de Echeverría reprimieron violentamente una manifestación estudiantil en la Ciudad de México.
En un inicio, la marcha estaba programada para iniciar en el Casco de Santo Tomás y dirigirse posteriormente al Zócalo capitalino. Al llegar a una calle conocida como la Avenida de los maestros, los estudiantes se toparon con un bloqueo perpetrado por agentes de la policía de la Ciudad de méxico y el cuerpo de granaderos.
Los “Halcones” eran un grupo paramilitar de choque que respondía de forma no oficial a las órdenes del gobierno federal y que había sido entrenado por la Dirección Federal de Seguridad y la CIA.
Arribaron al lugar a bordo de camionetas y camiones grises sin placas y comenzaron un ataque brutal que sin embargo fue inicialmente rechazado por los estudiantes. Los Halcones utilizaron en su ofensiva inicial armas como varas de bambú, palos de kendo y porras, por lo que en un principio pudieron ser repelidos por los estudiantes.
Sin embargo, en su contraataque, los halcones dejaron a un lado sus porras para agredir a los estudiantes allí reunidos con armas de fuego de alto calibre. Los estudiantes intentaron inútilmente ocultarse de estos asesinos solo para caer en la cuenta de que estaban completamente acorralados. La policía de la Ciudad de México no movió un dedo y se dedicó a ser una mera espectadora de los hechos, ya que tenía ordenes de no hacer absolutamente nada.
Los sobrevivientes –malheridos- fueron traslados de urgencia al Hospital “Rubén Leñero”, sin embargo la brutalidad de los asesinos no se detuvo ni siquiera en las puertas del hospital. Los Halcones entraron a los quirófanos en donde los médicos en turno trataban desesperadamente de salvar la vida de los estudiantes. Y ahí –en pleno quirófano- le dieron el tiro de gracia a los pocos sobrevivientes de la masacre.
Como ya era costumbre entonces –y lo sigue siendo hasta la fecha- los medios de comunicación prácticamente no hablaron de nada de lo ocurrido. Como si nada hubiera sucedido. Y la cifra oficial de muertos no se sabrá nunca con exactitud. Las estimaciones más conservadoras cifran el número de muertes en 120, incluyendo a adolescentes de hasta 14 años.
Sobra decir que Luis Echeverría nunca ha comparecido ante ningún tribunal para pagar por los crímenes que perpetró. Vive todavía.
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Existen algunos casos en la historia de la humanidad en los cuales, la fealdad física de un hombre es directamente proporcional a su prodigiosa inteligencia, como es el caso de Jean Paul Sartré, por mencionar un ejemplo. En el caso de Gustavo Díaz Ordaz (GDO), el presidente que gobernó México de 1964 a 1970, ésta lo era con su perversidad y su legado histórico (y es que en honor a la verdad, GDO era feo como la chingada)
El sexenio de GDO pasó a la historia de México por las razones usuales de todos los sexenios príistas: la corrupción rampante en todos los niveles del gobierno, la sucesión de su mandato con el famoso “dedazo” que dejó en la presidencia a su secretario de gobernación, el ya mencionado Luis Echeverría Álvarez, el nulo crecimiento económico, el rezago educativo, la pobreza eterna del pueblo y nuestra caricaturesca versión mexicana de un estado democrático.
Pero por supuesto, la historia de este país le reserva un lugar preeminente grabado con letras de oro en nuestro propio y extenso salón de la infamia.
En 1968, en la Universidad de Berkeley en California, así como en París, surgieron de forma casi simultánea los primeros movimientos estudiantiles que habrían de propagarse a lo largo del mundo en los meses posteriores. México no fue la excepción. Un pequeño foco de estudiantes comenzó nuestro movimiento estudiantil. Este se desarrolló principalmente en la capital del país y surgió –al igual que en el resto del mundo- en las grandes universidades y escuelas de educación superior de México. Aquel fatídico año de 1968, México era el encargado de organizar los juegos olímpicos.
Los ojos del mundo estaban puestos en nuestro país. Es por este motivo que tanto GDO como el resto del aparato gubernamental mexicano comenzó a percatarse con terror que nuestro movimiento estudiantil no solo no se debilitaba conforme la fecha de  inicio de las Olimpiadas se aproximaba, sino que crecía cada vez más e iba incorporando cada vez mas sectores de la sociedad mexicana.
El movimiento estudiantil mexicano fue iniciado, organizado y llevado adelante por jóvenes valientes de la clase media mexicana, instruidos, educados e informados. Una nueva generación que por primera vez se organizaba y protestaba en contra del pestilente aparato gubernamental mexicano, así como la falta de democracia,  de igualdad social y de libertad de expresión en nuestro país.
El movimiento era pacífico, estaba cada vez mejor organizado y con el paso de los meses no solo no daba señales de irse debilitando, sino que sumaba a cada vez más sectores de la sociedad mexicana, que por primera vez en la historia de este país salían a las calles a protestar y a exigir sus derechos de una forma legítima y no violenta.  En 1968 se vieron por primera vez en nuestra historia manifestaciones civiles multitudinarias que sumaban a cientos de miles de personas a lo largo y ancho de las calles de la capital.
Un gobierno democrático, encabezado por un político con principios, hubiera tenido que esforzarse arduamente por atender las demandas legítimas que su sociedad le demandaba. Desafortunadamente, en México no regía un gobierno democrático, sino una dictadura disfrazada encabezada por un asesino con dos dedos de frente que se vio  absolutamente rebasado por la altura de las circunstancias. Por esta razón reaccionó de la forma más estúpida y brutal en la cual pudo hacerlo: saco al ejercito a las calles para aplastar al movimiento y abarrotar las prisiones del país.
No solo eso: Ordenó la masacre más brutal y aborrecible que México haya visto en toda su historia política reciente ( 2 de Octubre de 1968, Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco ) De esta forma terminó con el movimiento estudiantil mexicano y se manchó las manos con la sangre de los estudiantes mexicanos que murieron masacrados en Tlatelolco el 2 de Octubre a manos del ejercito mexicano, o que fueron torturados y asesinados en las atestadas prisiones de Lecumberri durante los días que siguieron a la masacre.
GDO es junto con Salinas de Gortari el presidente más odiado de la historia reciente en México. De forma vergonzosa, las Olimpiadas iniciaron en la fecha planeada, en un país en el cual los medios de comunicación callaron lo que había sucedido, convirtiéndose en cómplices de los asesinos del Batallón Olimpia, de GDO, de Luis Echeverría y de todos aquellos que estuvieron detrás de esa masacre que este país no olvida.
GDO tampoco compareció nunca ante un tribunal y, aunque repudiado por todos, vivió el resto de sus años en la opulencia, en la impunidad y mantenido con la pensión vitalicia que en México disfrutan todos los expresidentes al término de su mandato, cortesía del erario público.
En una de sus últimas declaraciones y recapitulando su carrera política, declaró sentirse:

 “orgulloso del año de 1968, pues fue el año en el cual me fue posible salvar a la patria”

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Para el año en que nací, Miguel de la Madrid (MDLM) llevaba un año en la presidencia, encabezando un sexenio que hubiera pasado sin pena ni gloria, de no haber sido por una catástrofe natural.
La mañana del Jueves 19 de Septiembre de 1985, exactamente a las 7:19 am, el centro del país sufrió el peor terremoto del siglo pasado. Un sismo de 8.1 grados en la escala de Richter azotó el valle de México y dejó tras su breve paso una ciudad devastada, incomunicada y rebosante de damnificados y muertos.
La zona centro de la Ciudad fue particularmente afectada por el terremoto que dejó tras de sí la imagen de una ciudad en ruinas. Los módulos Central y Norte de la Torre Nuevo León en la gigantesca unidad habitacional de Tlatelolco se desplomó. El Hospital Juárez, el Hospital General de México y el Centro Médico Nacional  quedaron también parcial o totalmente destruidos así como edificios emblemáticos de la capital como el Hotel Regis. La sede de Televisa Chapultepec quedó prácticamente destruida.
La ciudad quedó incomunicada, y en su mayoría, carente de servicios eléctricos o de suministro de agua potable.
Según las conservadoras cifras del gobierno, el número estimado de muertes fue de 6,000 personas, sin embargo con el paso de los años y tras investigaciones mas serias y detalladas, se suele cifrar el número estimado real de muertes  en 10,000 personas
En medio de algunos de los ejemplos de heroísmo y solidaridad más notables de la historia de nuestro país, se llevaron adelante las labores de rescate de cientos de miles de damnificados y las posteriores y titánicas labores de reconstrucción  de las zonas más afectadas de la Ciudad. Decenas de miles de personas se quedaron sin absolutamente nada. Sin casa, sin comida, sin familia.
El terremoto de 1985 es el peor desastre de la historia moderna de México.
El gobierno de MDLM se vio absolutamente rebasado por la situación y dio muestras de una ineficiencia absoluta a la hora de intentar coordinar las labores de rescate en la ciudad.
Las enormes tareas de rescate y las muestras de heroísmo, altruismo y solidaridad sin precedentes que se vieron durante los días posteriores al terremoto fueron llevadas a cabo gracias a la organización espontánea de la sociedad civil, que no dudo en tomar la iniciativa ante un gobierno inoperante que no pudo hacerle frente al desastre.
Para el año siguiente (1986), México era el encargado de organizar el campeonato mundial de football.
Si la lógica y el sentido común rigieran el destino del país (y del mundo), el mundial debió haber sido cancelado o su sede trasladada a otra parte. Sin embargo, gracias en gran parte a la enorme presión de Televisa (que tenía cientos de millones de pesos invertidos en el mundial) y de otras corporaciones interesadas, el gobierno de MDLM siguió adelante con el mundial, que se llevó a cabo en medio de una ciudad aún devastada hasta sus cimientos por el reciente sismo.
En los días y meses previos al inicio de la copa, el gobierno hizo enormes esfuerzos, no para reconstruir con mayor celeridad las zonas más afectadas  de la Ciudad, sino para ocultar la devastación de la mejor forma posible mediante el aislamiento y el camuflaje de las ruinas del centro histórico y de decenas de colonias enteras de la Ciudad.
MDLM pasó a la historia recordado como uno de los presidentes más ineptos del pasado reciente del país. Por eso y por haber sido uno de los principales orquestadores del fraude electoral mediante el cual su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, le robó las elecciones presidenciales al candidato de la izquierda, Cuauhtemoc Cárdenas.
Como es bien sabido, el día de las elecciones de 1988 se cayó el sistema. Aquel fue el eufemismo utilizado para justificar un fraude electoral que aunque nunca se ha podido comprobar de forma oficial, forma parte del vox populi mexicano. 
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¿Qué puede decirse del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (CSDG)?
Como no es mi intención hacer una extensa revisión histórica de esos años transcurridos entre 1988 y 1994, basta decir que con Salinas de Gortari comenzó la lenta pero inexorable transformación de la economía mexicana a las doctrinas del neoliberalismo.
CSDG comenzó su sexenio bajo una oleada de protestas y reclamos hacia el fraude electoral que le robó las elecciones al candidato de la izquierda (Cuauhtemoc Cárdenas) para darle el triunfo y la presidencia.
Sin embargo, CSDG demostró rápidamente ser infinitamente más astuto e inteligente que su predecesor (el gris Miguel de la Madrid), por lo cual comenzó a mejorar su imagen ante la ciudadanía mediante una campaña masiva en todos los medios de comunicación que comenzó a mostrar a los ojos del país su supuesto programa político: el programa “Solidaridad” (Ignoro si el nombre fue una coincidencia o un plagio flagrante al nombre del programa polaco anticomunista que Lech Walesa lideró en los años ochenta en Polonia y que también llevaba por nombre “Solidaridad”. En todo caso, la palabra resultó ideal para lanzar la plataforma política y económica de Salinas, caracterizada por la imposición del neoliberalismo en México)
Yo estaba en primero de Primaria. Aún recuerdo con horror como los Lunes,  el día de honores a la bandera, por un tiempo, el  himno nacional fue sustituido por el canto obligatorio del jingle oficial de “Solidaridad”, que resultaba tan repulsivo como pegajoso (“Sooolidaridad... Vencereeemos...!!!”)
En el extranjero, Salinas de Gortari pronto se posicionó como el supuesto gran reformador latinoamericano. Una especie de Gorbachov mexicano que llevaba a cabo su muy mexicana versión de la Perestroika soviética (es decir, los cambios necesarios para imponer el neoliberalismo como sistema económico en la sociedad)
CSDG, quien hasta la fecha se aferra al poder desde las sombras, inició la gran transición económica neoliberal cuyos efectos y estragos podemos percibir hasta la actualidad. La desigualdad social y la pobreza se dispararon de una forma estrepitosa durante su sexenio (y ya no digamos durante los años inmediatos a que dejara el cargo...)
Los últimos dos años de su sexenio, su popularidad tanto dentro como fuera de México comenzó a resquebrajarse debido a una oleada de asesinatos políticos (José Francisco Ruiz Massieu, Posadas Ocampo, Luis Donaldo Colosio) en los cuales, por lo menos en el primer caso, su hermano, Raúl Salinas de Gortari fue señalado como autor intelectual y encarcelado en el penal de máxima seguridad de Almoloya de Juárez.
Para rematar  la visión de la  supuesta modernización y reforma del país que pretendía llevar a cabo, el 1 de Enero de 1994 inició el levantamiento del ejercito zapatista de liberación nacional (EZLN) en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
CSDG terminó su sexenio dejando al país sumido en el caos. Pero eso no era lo peor. Dejaba también a la economía mexicana pendiendo de un hilo.
Tras su salida del poder se largó inmediatamente a Irlanda a escribir un libro de unas 700 páginas que nadie en su sano juicio leyó. Sin embargo, el repudio popular hacia su persona se debe a lo que ocurrió a los pocos meses de que dejara su mandato.

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Tras el asesinato del candidato oficial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta, el nada carismático exsecretario de educación del gabinete de Salinas, Ernesto Zedillo Ponce de León (EZ), terminó convirtiéndose de una  forma casi inexplicable en el candidato sucesor que eventualmente relevaría a CSDG en la presidencia de México.
Uno de los “grandes legados” neoliberales del salinato fue la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte, que CSDG pretendió vender como el punto de inicio de un crecimiento económico sin precedentes que en la práctica solo favorecía y respondía a los intereses de los Estados Unidos de América.
Tras la oleada de asesinatos políticos que caracterizó el final del salinato –por no mencionar el levantamiento zapatista a inicios de 1994- los inversores extranjeros comenzaron a huir en desbandada del país.
EZ tomo posesión de su cargo el 1 de Diciembre de 1994. A los pocos días del inicio de su mandato vendría el inicio de la crisis económica y la consecuente devaluación del peso mexicano que localmente se llamó “el error de Diciembre” y a nivel mundial fue bautizado como “el efecto tequila”.
La peor crisis económica de la historia reciente de nuestro país.
Ese fue el legado inmediato del salinato y la causa de la repulsión generalizada hacia la figura de CSDG en todo el país, quien se ganó una impopularidad solo comparable a la de Gustavo Díaz Ordaz, el perpetrador de la masacre de Tlatelolco.
Las repercusiones sociales de la crisis fueron catastróficas. Millones de familias mexicanas perdieron las casas y los autos que habían adquirido recientemente en tasas variables. Pero muchos otros lo perdieron absolutamente todo.
En su momento, la gravedad de la crisis llegó a verse como el “fin de la clase media mexicana”.
El sexenio de EZ se vio marcado por la crisis económica y los desesperados intentos de la sociedad y el gobierno por ponerle un alto.
EZ fue un presidente impopular y gris que hubiera pasado a la historia simplemente como el infortunado sucesor del legado inmediato de CSDG de no haber sido por lo que ocurrió el 22 de Diciembre de 1997 en  la localidad de Acteal, Chiapas, en el municipio de Chenalhó.
Aquel día, indígenas totziles de la comunidad se encontraban orando en una pequeña capilla cuando fueron atacados por un grupo paramilitar compuesto por no menos de 90 hombres armados hasta los dientes. 45 indígenas fueron masacrados a lo largo de las siete horas que duró la incursión del grupo paramilitar, que actúo con total impunidad pese a que el lugar se encontraba a 200 metros de un retén de la policía. De las víctimas, 16 eran niños, niñas y adolescentes; 20 eran mujeres y nueve hombres adultos. Siete de las mujeres estaban embarazadas.
En su momento, la Comisión interamericana de Derechos humanos (CIDH) consideró que EZ debía ser condenado por delitos de lesa humanidad.
Sin embargo, EZ no solamente eludió estas acusaciones, sino que al término de su mandato se dedicó a promoverse en el extranjero como “el gran democratizador de México”, motivo por el cual, hasta la fecha se dedica a dar conferencias con cierta regularidad en diversas universidades del mundo (por las cuales seguramente cobra unas cifras nada despreciables en dólares)
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A fines de la década de los 90, la ciudadanía mexicana comenzaba a confiar en sus instituciones electorales por primera vez en la historia.
En 1997 se realizaron las primeras elecciones democráticas para elegir al Jefe de Gobierno de la Ciudad de México (Anteriormente el cargo era ocupado por un “regente” designado directamente por el presidente de la república) Y tras una jornada electoral limpia y transparente, Cuauhtemoc Cárdenas Solórzano, el candidato de la izquierda al que presumiblemente le habían robado la presidencia en 1988, ganaba las elecciones en la capital del país por un amplio margen.
Desde entonces, la Ciudad de México ha sido gobernado por el mismo partido que ganó las elecciones en 1997 y es el bastión más importante de la izquierda en México.
Con esta nueva confianza en las instituciones electorales mexicanas, para las elecciones presidenciales del año 2000 se conjuntaron una serie de factores que dieron por resultado un cambio histórico hacia la alternancia.
En primer lugar, la consigna del momento era que ganara quien fuera, del partido y tendencia que fuera con excepción del PRI. Se trataba de sacar al PRI del poder a toda costa.
En segundo lugar, en aquellas elecciones surgió la figura de Vicente Fox Quezada (VFQ), exgobernador del estado de Guanajuato por el partido de derecha, quien se convirtió en un excelente candidato que hizo creer a millones de mexicanos que no solo era posible sacar al PRI del poder, sino que había llegado la oportunidad de corregir el rumbo que el país había tomado tras los desastrosos sexenios de Salinas de Gortari y Zedillo.
De esta forma, el 2 de Julio del año 2000, al final de una jornada electoral transparente y limpia, VFQ ganaba la presidencia utilizando al partido de la derecha (Partido Acción Nacional) como plataforma política.
Tras 75 años de dominio absoluto, el PRI finalmente era derrotado en las urnas y la voluntad de la sociedad se imponía a la voluntad del partido único.
Desafortunadamente, VFQ resultó ser un gran candidato pero un pésimo presidente.
Pocos políticos mexicanos (quizá ninguno) inició su sexenio con una popularidad y un empuje social tan enorme como aquel con el que contaba VFQ al inicio de su mandato.
Como pocas veces en la historia, personajes pertenecientes a diversas clases sociales, así como a tendencias ideológicas y filiaciones partidistas distintas estaban unidos bajo la esperanza de un cambio verdadero en el rumbo del país. La gran mayoría de los mexicanos confiaba en VFQ y lo consideraba casi un héroe al comenzar su mandato, por el simple hecho de haber logrado sacar al PRI del poder.
Sin embargo, VFQ no solo no supo capitalizar las enormes ventajas que tenía a su alcance, sino que comenzó a gastar rápidamente su capital político en francas estupideces.
A los pocos meses de asumir la presidencia, se casó con su excoordinadora de campaña, Martha Sahagún. A partir de ese momento y hasta el final de su sexenio, VFQ y Sahagún se convirtieron en la “pareja presidencial” con todas las nefastas implicaciones que tenía esa connotación. Martha Sahagún, una especie de  Lady Macbeth tropicalizada venida a menos, se convirtió durante todo el sexenio foxista no solo en la mujer más poderosa del país sino en el verdadero poder detrás del trono. El problema por supuesto es que nadie votó por ella. Nadie la eligió para desempeñar ningún cargo público. Ni siquiera era la esposa de VFQ cuando éste ganó las elecciones.
VFQ fue un buen candidato a la presidencia. Pero una vez que asumió el cargo, demostró casi de forma inmediata, un grado de estulticia verdaderamente alarmante que le obligó a hacer de su vocero oficial, el pobre hombre que día a día tenía que dar la cara para explicar a la sociedad mexicana, lo que torpemente había querido decir el día anterior o a pedir francas disculpas por sus declaraciones imbéciles.
Su gobierno no tuvo nunca un rumbo ni una meta. Tras su primer año en la presidencia, quedó claro que no estaba ni a la altura de las circunstancias históricas del momento ni de las altísimas expectativas que la sociedad tenía depositadas en el.
Su sexenio fue una profunda y amarga decepción que nos demostró a todos –por si alguna duda había- que  la democracia no solo no garantizaba que ganara el mejor de los posibles candidatos, sino que albergaba la posibilidad de que triunfara el peor de todos ellos. 
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Felipe Calderón Hinojosa (FCH) fue el candidato de la derecha que ganó las siguientes elecciones presidenciales del país en el 2006. En dichas elecciones se impuso al candidato de la izquierda, el ex jefe de gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Su sexenio comenzó de entrada con las acusaciones generalizadas de un enorme sector de la sociedad mexicana de haber robado las elecciones mediante un fraude electoral orquestado con la complicidad del gobierno foxista saliente, el cual le permitió hacerse de esa ventaja porcentual insignificante con la cual se impuso a AMLO.
Lo cierto es que aquella jornada electoral estuvo plagada de irregularidades que fueron ampliamente documentadas no solo por medios de comunicación impresos sino por las cámaras digitales de los ciudadanos, que por todas partes mostraban las fotografías de las “sabanas” instaladas en las casillas con el conteo final de la jornada, y las discrepancias que aquellas cifras mostraban con los números oficiales reportados en la página oficial del Instituto Federal Electoral.
En mi opinión, creo que es muy probable que FCH  ganara la presidencia mediante un flagrante fraude electoral. Pero eso es ya irrelevante. Lo que realmente importa es que ganó las elecciones y asumió la presidencia de la república, solo para encabezar uno de los sexenios más funestos de la historia de este país.
Si Fox fue un gran candidato y un pésimo presidente, FCH fue un candidato gris e inconsistente y un presidente nefasto que llevó al país al borde del caos.
Como candidato se autonombró “el presidente del empleo”. Como presidente, el crecimiento económico y la generación de empleos durante su sexenio fueron casi nulos.
Pero lo que marcó cada minuto de su sexenio fue la fatídica y estúpida decisión que tomó a las dos semanas de asumir la presidencia: sacar al ejército a las calles para hacerle frente el narcotráfico. Calderón anunció desde las primeras semanas de su gobierno que se embarcaría en una “guerra” contra el narcotráfico. ( "De la guerra contra el narcotráfico y otras patrañas..." ) Y una guerra fue lo que consiguió. Una guerra. Justo lo que este país ya de por sí convulsionado y en estado de permanente crisis necesitaba.( "Los peligros de la palabra ¿Quien pidió esta guerra?" )
Para el momento en el que Calderón finalmente -y por gracia de Dios- terminó su mandato, dejó tras de sí a una sociedad mexicana aterrorizada por un nivel de violencia que  nunca antes había visto, padecido o imaginado
El número de muertos que su “guerra” dejó tras el fin de su sexenio a lo largo y ancho del país suele cifrarse en algún rango entre los cien mil y doscientos mil muertos.
Calderón jamás dijo en su campaña que sacaría al ejército a las calles para detonar ese baño de sangre. En su caso no solo se volvió a comprobar que en la democracia puede ganar el peor candidato. También quedó claro que tras su triunfo en las urnas, el candidato victorioso corre el riesgo de asumir de forma equivocada, que una vez en su cargo, puede hacer lo que le venga en gana, sin tener que consultar sus decisiones con la sociedad a la que supuestamente representa.
En mi humilde opinión, FCH será recordado como uno de los peores presidentes de la historia moderna de México. Felizmente la pesadilla llegó a su fin en el 2012. Su mandato terminó. Y por el momento, el legado de ineptitud y sangre que su sexenio le dejo a este país le impide   dar la cara en público. Según mis predicciones, no sabremos nada de el por un buen rato (A Dios gracias)
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Mientras tanto, en el 2014, el PRI esta de regreso en la presidencia ( "Vs. Enrique Peña Nieto" )
Asi las cosas. 
Entiendo que la apatía política y el hartazgo que prevalecen actualmente en la sociedad mexicana deben corregirse. Y no deben justificarse. Pero ¿Alguien podrá acaso negarme que existe por lo menos una explicación para su presencia?
                                                                                                              

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